18 de marzo de 2007
Las chicas del Magíster...
Aquí con todas las chicas del Magíster en la que será nuestra nueva casa en El Mercurio. Para algunos, será como una casa-estudio, porque acabamos de bautizar el programa como "Magíster-Estudio", nuestro propio reality show. Ja, ja, ja...
13 de marzo de 2007
Martes coquí, nunca negro...
Microsoft tiene sus martes negros -expresión racista que detesto, pero cuya raíz comienzo a comprender- el segundo de cada mes. Se trata del momento en que la compañía tecnológica publica sus parches de seguridad, lo que hace más vulnerable el sistema a la entrada de virus. De igual forma, se le llamó al martes siguiente al 11 de septiembre de 2001, instancia en que las bolsas de valores mundiales experimentaron una baja drástica en sus números.Este martes 13 -¿casualidad, causalidad o coincidencia?- pasará a la historia como el "Martes coquí del Magíster en Periodismo". No porque haya metido las patas en nada. Mucho menos, tuve un momento coquí. Lo que se transformó en un Eleutherodactylus portoricensis, fueron las dos clases que me tocó tomar hoy. Son, como diría mi adorada Tere, un cable. La primera, básicamente nos enseña cómo se miden las audiencias de los distintos medios de comunicación. Nada muy difícil, pensarán algunos. Pero con un profesor que habla 384 palabras por segundo y que nos exigirá una página de análisis de un artículo investigativo semanal -no sin antes mencionar la monografía y los dos trabajos grupales- es obvio que no será fácil de tragar. Para colmo, se le olvidó que a las 10 tenemos receso para el café y nos mantuvo al borde de la desesperación durante media hora más. A la salida concordamos todos en que fue la media hora más larga de la historia. Se terminó la clase, almorzamos y de vuelta al salón...
Esta vez, fue peor. "Metodología aplicada en Comunicación"... con semejante título, no le quedan ganas a uno de otra cosa que de irse a tomar una siesta. Pero casi eso tuvimos que hacer ante una perorata de términos científicos, procedimientos y metodologías investigativas que no tienen más intención que exigirnos otro trabajo para entregar. Se trata de un proyecto de investigación completo, original y que habremos de entregar en mes y medio. O sea, que aquellos días en que Santiago Pintor -mi profesor de investigación en COPU, que tenía aspecto bonachón y sonrisa de Barney- nos daba un semestre entero para investigar, quedaron bieeeeeen atrás. Ahora, sólo números y números... ahora, sólo trabajo intenso de ratón de biblioteca... ahora, sólo un martes que no fue negro -si lo hubiera sido, seguramente lo habría gozado más- pero que vino con la certeza de que ese día de la semana no ha de ser mi favorito. Menos mal que sólo hay un martes semanal...
-coquí = el vacío estructural que representa un objeto, comentario, suceso o persona cuando no guarda relación con el tema o ambiente que se está tratando. (Arroyo, A. & Toro, A. 2006)
12 de marzo de 2007
Universo...
Abro un ojo, luego otro y ¡zas!, me percato de que era de día. A juzgar por el maltratado celular que yacía en el suelo, intenté obviar la alarma y me tomé un tiempo adicional de sueño de más o menos una hora. Salté como un resorte de la cama y en menos de treinta minutos estaba listo frente a la puerta. Agradecí no ser paciente cardíaco, porque de serlo seguramente habría muerto, y partí en la camioneta del Rene hacia mi primer encuentro con el salón de clases chileno. Iba todo el camino maquinando cómo sería, cómo me saludaría ese aula a mi llegada. Y de tanto imaginarlo, llegó.Para variar, las puertas de la facultad aún no abrían... Otra vez me adelanté. Pero, sin perder la paciencia, esperé pacientemente en aquella sala. De pronto, empezaron a llegar caras que por ahora no son conocidas, pero que en poco tiempo lo serán. Entramos a las 8:30 en punto. Atrás quedó el "horario puertorriqueño". Somos catorce personas, un grupo que según concuerdan todos los profesores, se caracteriza por la diversidad. Una ecuatoriana, un peruano, once chilenos (entre los que destaca un sexagenario brillante y hambriento de aprender) y un boricua conformamos la plantilla que espera aprobar este Magíster "intenso" -como nos recordaron en veinte ocasiones los distintos docentes.
Al escuchar el acento de mi primera profesora, recordé cómo al salir de escuela superior me dije que quería estudiar en España. Bien, pues a estas alturas no llego a la Madre Patria, pero alguito de ella llegó hasta mí. Esta española -de Barcelona, para ser preciso- se convirtió en la primera cara que se asoma detrás de la maranta que aparenta ser la Escuela de Periodismo de la UC. Casi tres horas se nos fueron teorizando sobre la comunicación, conversando sobre el nuevo periodismo y sentando las primeras bases de lo que habrá de ser este curso "intenso". (Otra vez me acecha la palabra con "i").
Entonces, llegó la hora libre... o debo decir, las tres horas y media. En ese tiempo, se supone, debemos leer, conocernos, conversar, estudiar. Mi estómago boricua -que todavía no se acostumbra demasiado a las costumbres culinarias del Sur- interpretó la libertad como la oportunidad precisa para ir a comer. Como nadie más almorzaría a esa hora, y como estábamos todos con cara de niño que dejan el primer día en Kinder -solo nos faltaba el lagrimón- me fui en el Metro. Me monté en esa caja metálica que poco a poco empiezo a amar y llegué hasta el área de los Paseos. Como ya comenté alguna vez, es algo parecido al Paseo De Diego, pero glorificado. (Imagino que así habrá sido en su momento, mucho antes del Tren Urbano, de la explosión de Humberto Vidal y del nacimiento del murciélago -o sea, Santini. Pero ese es tema para otro blog). Caminé hasta que mis tripas empezaron a guiarme hasta un lugar, cuya decoración me recordaba al circo. Muchos colores vivos, mucha música... en fin, que es un negocio de helados. Allí me senté por fin y ordené un plato de pechuga a la plancha con arroz, ensalada de lechuga, tomate, choclo (maíz), palta (aguacate) y cual si estuviéramos en Madrid... un huevo duro al que obviamente no hice mucho caso. Era una mesa de dos sillas, para dos personas. Desde donde estaba ubicado, parecía que la pantalla de uno de los televisores estuviera ahí acompañándome a la mesa... ocupando ese otro lugar. Menudos invitados me acompañaron al almuerzo. Hoy he almorzado con Madonna y Ricky Martin. La diosa del pop y mi compatriota -que ya hizo vibrar al Monstruo en la Quinta Vergara- fueron testigos del matrimonio entre mis tripas sinfónicas y aquel plato exquisito (y nutritivo, ¿eh, Alana?) Me atraqué la comida al son de Ricky, Tommy Torres y La Mari, tomé mis bártulos y partí de regreso a la universidad.
Otra vez, como ya casi es costumbre, llegué demasiado temprano... pero da igual, así me di tiempo de encontrar un espacio mío en la facultad. Siempre me ha gustado hallar un lugar donde estar solo... en la iupi tuve varios: la biblioteca de Humanidades, la Rotonda, los árboles de la entrada principal, etcétera, etcétera, etcétera... En la UC, es el salón de alumnos de Comunicación. No encontré mejor sitio para estar traqnuilo que ese espacio con cuatro mesas, seis televisores -cada uno sintonizado en un canal distinto- y una luz natural espectacular que se cuela desde arriba. Ahí estaba mi sitio... lo reconocí, me reconoció, fue mejor que un encuentro familiar en el show de Marcano. Sus sillas me acogieron por una hora más, mientras me devoraba El Mercurio en un intento por comprender lo más posible este país que ahora llamo "casa".
Cuando dieron las 3, nos movimos a otro salón. En lugar de una mesa gigante y cuadrada, allí lo que hay son computadoras. Modernas, negras, igualmente cuadradas. Antes de entrar, y tras
ojear el prontuario de este curso, pensé que sería una clase aburridísima. Como suele ocurrirme, la primera impresión acabó por abofetearme y hacemre cambiar de opinión. Es un encuentro ameno, divertido y sobre todo lleno de elementos que no necesariamente son periodísticos. El concepto del curso es enseñarnos a contar historias. Lo imparten cuatro profesores distintos y el primero -que por mi madre que es el gemelo perdido de Roberto Benigni- centró toda nuestra atención en cómo se cuenta bien una historia. Fuimos desde Freud, hasta Roland Barthes... culminamos con un autor catalán de nombre Quim Monzó, que al parecer se colocará entre mis favoritos en la zona pantanosa de la cuentística. Pero, según el profe, cuyo gemelo aparece aquí al lado, nosotros habremos de salir de allí con la misma capacidad para contar bien un relato... con las destrezas para llamar la atención de quien nos lee. Espero que así sea.Lo deseo con la misma intensidad con que anhelo aprovechar
cada milésima de segundo que dure esta experiencia. Porque ya no sólo se trata de que Santiago y yo podamos convivir, sin de que este edifico gris, con un Jesús de brazos abiertos en su cumbre, se convierta en pasaje a otro lugar. A un universo donde pueda hacer algo con lo que sé... porque, después de todo, de eso se trata... de la universalidad que hay tras esas paredes, de los mundos que habitan esa estructura, de los que viven ahí y de los que haré nacer con este nuevo desafío...
6 de marzo de 2007
5 de marzo de 2007
3 de marzo de 2007
Sombrerito francés...
2 de marzo de 2007
Andares...
La Casa Central de la universidad ni siquiera se acerca a la imagen mental que me hice cuando salí de San Juan -no de Collores. Está allí plantado en plena avenida principal. Mezcla de historia y modernidad, tiene sus puertas abiertas. Siempre abiertas. Adentro todo es luz. El Sol se cuela por todos los rincones como si fuera un alumno más. Al entrar, una chica me indicó el camino hacia la Facultad de Comunicaciones. "Sigues derecho, en la segunda a la izquierda y es en el edificio de ladrillo", me dijo. En efecto, el color ladrillo viste la estructura donde iré a aprender. Antes de subir, me atacó el escalofrío. Se me hizo difícil creer que estoy aquí. Pero ya no lo dudo.
Tan pronto abrí la puerta, florecieron las sonrisas. Visnja, la
coordinadora, me recibió como uno más de la familia que parece conformarse entre las paredes de ladrillo. Me indicó dónde ir a pagar, para luego acompañarme a completar el proceso. Una vez allí, llené papeles, solicité el seguro médico y finalmente me entregaron la agenda y el carnet de estudiante. Entonces, ¿sí es cierto que voy a estudiar acá? Mi rostro sonriente en aquella tarjeta parecía contestarme en afirmativa.
coordinadora, me recibió como uno más de la familia que parece conformarse entre las paredes de ladrillo. Me indicó dónde ir a pagar, para luego acompañarme a completar el proceso. Una vez allí, llené papeles, solicité el seguro médico y finalmente me entregaron la agenda y el carnet de estudiante. Entonces, ¿sí es cierto que voy a estudiar acá? Mi rostro sonriente en aquella tarjeta parecía contestarme en afirmativa. Aunque pueda parecer poco, estas horas en la universidad fueron toda una descarga emocional. Se trata de la confirmación de que he logrado llevar a término un proceso. En dos semanas, comienzo otro.
Tras las consabidas caminatas y cambios de ruta en el Metro, llegué de nuevo a la Plaza Egaña. Desde ese punto comienza el camino laaaaaargo hacia la casa. Pero hoy, lo recorrí distinto. Nadie
sabía de mi emoción, pero yo caminaba al ritmo de una música que llevo por dentro: la de la felicidad de saberme aventurero. Hoy, abrí los ojos bien. Como no había calor, pude observar todo a mi alrededor. Me saboreé el viento que chocaba con mis labios a medida que caminaba. Miré bien cómo se dibuja la Cordillera de Los Andes detrás de las casitas. Me detuve frente al parque de fútbol. Estaba vacío... del suelo arenoso parecían brotar los ecos de todos los partidos que se han jugado allí. Más adelante, vi la gente pasar, cada quien inmerso en su propio mundo. Un mundo que yo apenas voy descubriendo. Todos los días, pasito a pasito, caminando...
1 de marzo de 2007
Abrazo a Santiago...
Tres, esos han sido los días que llevamos conociéndonos. Ya aprendí a viajar por tus venas, por esos túneles del Metro que me hacen escuchar más fuertes tus latidos.
Acá los días pasan lento. Depende del lugar, pueden ser silenciosos o muy ruidosos. Es un pueblo que madruga, ya sea por compromiso o por costumbre. Supongo que lo descubriré luego. De aquí me han impresionado los momentos en que la gente se toca. Casi no existen. Diría yo que es el Metro ese lugar donde el roce indiscreto se hace inevitable. En su interior se zarandean de un lado a otro -al ritmo de frenazos y aceleradas- desde jóvenes universitarios con mochila y iPod hasta profesionales de gabán y corbata... van señoras de casa a comprar y chicas emperifolladas a trabajar. En medio de este bullicio, un boricua, un joven que decidió cruzar el Mar Caribe, los Andes y el Pacífico para sembrarse en medio de Santiago. Y bien que lo he hecho, hasta ahora.
Me he despertado los tres días con la sensación de no saber dónde estoy. Por más raro que
Pero no quiero desviarme... Una vez completadas las diligencias, que acá casi siempre se hacen en la mañana, emprendo el camino de regreso. Línea 1 del Metro hasta Tobalaba, allí me cambio a la Línea 4, me bajo en Plaza Egaña y empiezo a caminar. Camino, camino, camino... es un trecho bastante largo, pero me gusta mucho. Las casas son bellas, y ayer hasta dos perros callejeros se fueron a andar conmigo. Casi siempre llego a la casa con la lengua afuera y la boca seca. Pero siempre me recibe un vaso de jugo. No se toma mucho jugo acá, prefieren las bebidas calientes, como el té o el café.
Y así han pasado tres días en Santiago... uno de absoluto descanso y dos de puro descubrimiento, de husmear entre los rieles del Metro, de aspirar un aire nuevo, de abrir ventanas y derribar paredes. En sentido figurado, claro...
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